Aiken
Hace algunos años tuve que viajar
a Río Gallegos, provincia de Santa Cruz
por un trámite que debía hacer personalmente. Se trataba de vender una
pequeña posesión que heredamos de mi abuelo paterno. La misma consistía de un
terreno de una hectárea ubicado en una zona muy hermosa en el cual mi abuelo
construyó una cabaña hecha de troncos y rodeada de árboles autóctonos
ofreciendo una vista de una belleza incomparable. Mi abuelo José, a quien
llegué a conocer cuando era un anciano, vino de España muy joven y con unos
ahorros compró esa propiedad y vivió alli donde conoció a mi abuela con quien
se casó.
Él era artista plástico y
pintaba paisajes y retratos al óleo a pedido, con lo cual le permitía vivir sin
apuros económicos.
Mucho tiempo después, por
razones de salud, se trasladaron a la ciudad de San Fernando del Valle de
Catamarca, capital de esa bella provincia argentina donde vivieron sus últimos
años.
Por la enorme distancia a
recorrer decidí viajar en avión. Lo primero que hice al llegar fue conocer la
propiedad de mi abuelo. Me encantó la construcción y el hermoso paisaje del lugar.
Allí me recibió el casero encargado de su cuidado quien además tiene un taller de
autos donde mi abuelo guardaba una camioneta marca Chevrolet Apache modelo 1960
en perfecto estado y que ahora pasaba a ser parte de la herencia. De vuelta a
la ciudad acudí a la inmobiliaria encargada de realizar la venta. La operación se
realizó en forma rápida y el importe cobrado se dividió en 5 partes que fueron
depositadas en las cuentas de ahorro de cada uno de los hermanos herederos. Con
respecto a la camioneta, resolví llevarla para lo cual tramité en una
escribanía la documentación necesaria y aproveché la ocasión para darme el
gusto de hacer la travesía de regreso por la ruta 40, algo que tenía proyectado
realizar en algún momento.
Para mayor seguridad le pedí al
mecánico que le haga un chequeo a la Chevrolet con cambio de aceite y filtros,
revisar frenos, cubiertas, etc. Mientras tanto el clima empeoraba y la
temperatura descendía cada vez más. Era época invernal y hacía un frío
tremendo.
Por fin, pasado el mediodía, me
entregaron el vehículo y, lamentablemente, tomé una mala decisión: salir a esa
hora sabiendo que había pronóstico de tormentas de nieve.
A poco de tomar la ruta de
regreso, comenzó a oscurecer y en seguida cayeron los primeros copos de nieve.
Encendí la calefacción y la radio. Inserté un pendrive de música folclórica
pensando disfrutar de ella por el resto del viaje.
Al mismo tiempo pensaba como
fue la vida de mi abuelo en esos remotos parajes Posiblemente halló mucha paz
en esa región del sur argentino. A medida que avanzaba, la nevada era más
intensa. Sólo yo era el audaz (o debería decir insensato) que me atrevía a
seguir manejando de noche y con semejante temporal de nieve. Cada vez tenía
menos visibilidad y temía salir de la carpeta asfáltica. Me sentía totalmente
desorientado y no sabía si seguir o detenerme. Pero no tuve mucho tiempo para
pensarlo porque en ese momento, un relámpago enceguecedor y al mismo tiempo un ensordecedor
estruendo me hicieron saltar en el asiento dándome un tremendo susto. Paré por
miedo a una descarga eléctrica, esperé un rato para tranquilizarme y poder
seguir la marcha. De pronto un fuerte viento disipó las nubes y pude ver el
cielo totalmente estrellado. A poca distancia, vi una construcción cuyo frente
estaba iluminado por un antiguo farol a querosén.
Me fui acercando al
establecimiento, y al llegar, pude observar un cartel que decía “AIKEN” y también cinco caballos ensillados y atados al
palenque.
Estacioné mi vehículo y entré
al edificio. Lo primero que noté fue un cálido ambiente. En el hogar ardía un
buen fuego que servía para dar calidez el sitio. Se trataba de un típico
almacén de ramos generales con estantes cargados de mercaderías de uso común de
la gente de campo: lazos, rebenques, aperos, mantas, ponchos, sombreros,
boinas, comestibles, licores, etc. Un espacio lateral se encontraba ocupado por mesas y sillas donde
paisanos vecinos estaban consumiendo alguna bebida. Otros jugaban a las cartas.
Todo estaba iluminado por lámparas a
querosén.
Una señora muy amable se acercó
y después de saludar preguntó:
— ¿Qué le sirvo señor?
—Un whisky por favor.
—Disculpe señor, no tenemos
eso. ¿Le sirvo una ginebra?
—Se lo agradezco.
—En seguida señor.
Tomé despaciosamente el fuerte
líquido sintiendo que el calor me volvía al cuerpo. Había pasado una fea
experiencia pero, gracias a Dios, encontré ese lugar en medio de la nada. Pero
al mirar con mayor detenimiento todo lo que me rodeaba: la gente, su forma de
vestir, las cosas, la iluminación, pensé: “parece una estampa de otro tiempo”.
Mientras pensaba esto, algunas
personas que estaban en el comercio se fueron retirando. Se acercó la señora
dueña del negocio y me dijo:
—Nosotros vamos a cerrar en
seguida. Le sugiero que espere a mañana para continuar viaje porque de noche es
muy peligroso. Le ofrezco este acolchado para que no se vaya a congelar. Por la
mañana puede dejarlo sobre el palenque.
—Muchas gracias, es muy gentil
de su parte.
—De nada.
—Señora...
— ¿Si?
—Qué significa aiken?
—En idioma tehuelche y mapuche significa:
Vivir, morar, territorio donde se vive, paradero.
Salí del local, entré a la
camioneta, me acurruqué en el asiento del acompañante, me tapé con el abrigo
que me habían ofrecido y en seguida me dormí profundamente.
Al otro día me desperté y pude
apreciar el sol en todo su esplendor. Salí del vehículo para estirar las
piernas y devolver lo que me habían prestado y...
¡Oh sorpresa!:
En el área donde estaba Aiken,
sólo había escombros y restos de materiales quemados de antigua data. ¿Qué
había pasado? Hasta el día de hoy no lo entiendo.
No pensé más en lo ocurrido y
reanudé el itinerario propuesto por esa fascinante carretera con sus
deslumbrantes paisajes.
Cuando regresé a Córdoba me
encontré con Jorge, un amigo periodista, y le comenté la experiencia que había
tenido.
No pareció sorprenderse y me
explicó:
—Recuerdo que hace
aproximadamente diez años ocurrió una terrible tragedia en esa área. Una banda de
delincuentes asaltó ese paraje, robaron lo que había de valor y mataron a todos
los que allí se encontraban. Luego incendiaron el inmueble. Mi hipótesis es que
cuando viste el relámpago y escuchaste el trueno se abrió un portal por donde pasaste
a otra dimensión, un salto al pasado justo antes de ocurriera esa terrible desgracia.
— ¿No lo habré soñado?
— ¿Entonces, ¿de dónde salió el
acolchado?
—Tienes razón. Te agradezco la
explicación y que hayas creído mi relato.
Quizás muchos duden de esta historia
y reconozco que parece increíble, pero es una experiencia que no podré olvidar
nunca.
Carlos Alberto Nieva
Abril de 2023
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