El atajo
Oscurece y el hombre que conduce la Kangoo trata de apurar la marcha, aunque resulta difícil por esta
ruta de montaña. Se trata de Hernán, un hombre de unos cuarenta años,
Vive y trabaja en la ciudad de Cruz del Eje, en el norte cordobés, en una empresa de correo privado.
Esa mañana desayunó y al despedirse, su esposa preguntó:
— ¿Cuándo vas a volver?
—Si termino temprano esta noche. Sino, mañana.
Caminó unas pocas cuadras hasta la empresa, encendió su computadora y luego de ver el correo, dedicó un tiempo para ponerse al día con las noticias: sociales, de espectáculos, de economía, de política pero al ver las policiales, le llamó la atención que una banda de cuatreros estaba robando en la zona y la policía no conseguía atraparlos.
Mientras tomaba un café esperando órdenes, se acercó su jefe y después de una breve conversación, éste le dio la hoja con el itinerario y el detalle de las encomiendas que debía transportar y entregar en los distintos pueblos y parajes ubicados a lo largo de las rutas 38 y 15 que une Cruz del Eje con Villa de Soto y Villa Dolores. Pero esta vez le dijo:
—Después de El Faro, antes de llegar a Villa Cura Brochero, debes tomar un atajo bajando por la cuesta de Altautina para entregar un encargo en la comuna del mismo nombre y de allí pasando por Sauce Arriba y Villa Sarmiento llegar finalmente a Villa Dolores.
Con toda esta información salió después del mediodía y
comenzó a realizar las entregas en Villa de Soto, La Higuera, Ojo de Agua, San
Carlos Minas, Salsacate, Taninga y otras localidades a la vera de la carretera.
Era una hermosa tarde de otoño que permitía apreciar el cambiante paisaje desde
el montañoso en los primeros tramos, hasta el de la Pampa de Pocho con sus
palmares desde donde se distinguen los volcanes: el Ciénaga, de 1.300 metros de altura, con su forma cónica; el cerro Poca, de 1.600 metros, oculto entre los denominados
cerros Azules y el Yerba
Buena, que con sus 1.760 metros
sobre el nivel del mar, es el punto más alto de este cordón montañoso.
Sabía que después de Taninga debía recorrer cerca de 40 km. para visualizar la entrada al paso que le ordenó su patrón por lo que puso toda su atención para no pasar de largo aunque después de tantos kilómetros recorridos, comenzó a sentir los efectos del cansancio. El sol se fue ocultando ofreciendo una magnífica vista de tonos amarillos, naranjas, ocres y rosas e inundando de energía el cielo de un día que estaba por terminarse.
— ¿Dónde estará? —Se pregunta—. El Faro quedó atrás así que debe faltar poco.
Al salir de la última curva aparece la señal que buscaba.
— ¡Por fin! —exclama aliviado.
Y con una hábil maniobra, Hernán entra a ese pasaje que no conocía ni sospechaba en qué condiciones se encontraba. Pronto se dio cuenta de su pésimo estado: áspero, enripiado y peligroso. Piensa en sus seres queridos, especialmente en su pequeña hija que lo espera con algún regalito. Curva y contra curva. Las piedras sueltas golpean en la parte inferior de su transporte. Otros vehículos en sentido contrario ascienden lentamente la cuesta iluminando la senda.
—Cuando regrese —proyecta—. Después de ducharme y cenar, disfrutaré de un merecido descanso. Mañana rendiré cuentas del viaje.
El camino, más bien un sendero, se hace cada vez más áspero y pedregoso, por lo que debe disminuir la velocidad para evitar problemas, lo cual aumenta su nerviosismo y para colmo, sucede lo peor:
— ¿Y ahora? ¿Qué pasa? ¡No lo puedo creer! ¿Será la batería?
Las luces del auto disminuyen su intensidad y finalmente se apagan. La noche es muy oscura y teme salirse de la huella por lo que decide detenerse y estacionar a un costado.
— ¡Paciencia! No queda más remedio que esperar el nuevo día para continuar.
Diciendo esto, Hernán se acomoda en el asiento, lamentándose
por el tiempo perdido y pensando en que su plan de regresar esa misma noche se
complicaba y que seguramente su señora e hija se preocuparían por su tardanza.
Ha refrescado por lo que debe abrigarse. El cansancio se
hace sentir y de a poco una modorra lo invade, aunque se esfuerza por mantenerse
despierto.
Es inútil. El sueño lo vence y cae en un profundo sopor.
Algo lo despierta. Observa a su alrededor y baja del auto. Una suave y fresca brisa acaricia su rostro. No hay nubes, la luna en todo su esplendor muestra el paisaje que lo rodea y permite ver la silueta de árboles, algunos peñascos, hondos barrancos y como fondo la montaña.
—Me parece que por allá veo una luz. Los lugareños suelen ser serviciales. Veré si me pueden ayudar.
Camina por el accidentado terreno, tropezando con algunas
piedras pero, al acercarse más, puede distinguir un grupo de hombres con
linternas cargando animales en un camión.
— ¿Serán estos los cuatreros que busca la policía? —sospecha,
tratando de pasar inadvertido.
Pero uno de ellos lo descubre y lo persigue. Hernán teme por su vida y huye desesperado con tan mala suerte (o buena) que resbala y cae en una hondonada en el preciso momento que oye varios disparos y siente el silbido de las balas que pasan rozándolo. Al llegar al fondo, pierde el conocimiento y queda inmóvil.
— ¿Lo mataste? —pregunta el cabecilla de la banda.
—Creo que sí, quedó tendido allá abajo.
— ¡Déjalo ahí!, terminemos de cargar y vámonos.
Después de un rato cuando comienza a recuperarse siente que le duele todo el cuerpo e imagina:
— Es por los golpes que recibí en la caída.
Abre los ojos y nota que algo no está bien: Se encuentra recostado en el asiento de su auto y ve que por la ventanilla un niño de unos doce años lo está mirando con curiosidad.
— ¿Se encuentra usted bien? —le pregunta.
—La verdad, estoy sorprendido. Anoche una banda de cuatreros estaba cargando vacas en un camión.
— Aquí no hay cuatreros señor, ni siquiera tenemos vacas. Solamente una majadita de cabras.
— Pero ellos me persiguieron, intentaron matarme escuché varios disparos y caí en un barranco donde quedé inconsciente. Y ahora cuando despierto me encuentro en mi vehículo. No entiendo nada.
— Pues me parece que usted tuvo una pesadilla porque yo lo encontré durmiendo dentro de su camioneta.
Hernán queda pensativo tratando de entender lo que había pasado. Por fin concluye que sólo fue un mal sueño quizás motivado por aquella nota que había visto esa mañana en las noticias policiales.
—Seguramente fue así. ¿Cómo te llamas?
—José.
—Yo soy Hernán. ¿Habrá alguien aquí que sepa arreglar autos?
—A lo mejor mi papá pueda solucionar su problema. Venga a mi casa y hable con él, es acá cerquita.
Caminan unos cien metros y allí, en medio de las piedras serpentea un bonito arroyo de aguas cristalinas bordeado de sauces, álamos y varios árboles autóctonos teñidos de otoño. Más allá una humilde casa con paredes de piedra (material abundante en el lugar), el corral de cabras, el gallinero, una huerta, el horno de barro y, en el patio, dos perros guardianes. Miguel y Sara, los padres de José lo reciben con la amabilidad propia de la gente de campo. Sus rostros y manos están curtidos por el frío y las tareas rurales. Se nota que son personas sencillas, agradables y felices con lo poco o mucho que poseen logrado con grandes esfuerzos y trabajo en las duras condiciones geográficas y climáticas de esas latitudes.
Mientras Hernán cuenta que no podía hacer arrancar su auto,
Sara lo invitó con unos ricos mates con sabor a peperina acompañados con
tortilla al rescoldo bien calentita.
En seguida, los dos hombres van hasta la Kangoo, Miguel abre el capó y limpia bien los bornes del acumulador que estaban sulfatados razón por la cual no hacían buen contacto.
—Hernán, ahora pruebe a ver si enciende.
—No pasa nada.
—Bueno, ponga en contacto, lo vamos a empujar con Sara y José. Pise el embrague, ponga segunda y cuando tome un poco de velocidad, suelte el embrague.
Hernán sigue las indicaciones y felizmente se pone en marcha el motor. Antes de continuar con su recorrido agradece a esas nobles personas por la ayuda recibida sin la cual hubiera sido imposible concluir con su trabajo.
Finalmente se dirige a las localidades donde debe completar las últimas entregas y emprende el regreso.
Primero pasa por su hogar para ver a su familia y después llega a la empresa en la cual comienza a relatar a sus compañeros lo que le había pasado.
Ellos escuchan atentamente y cuando llega a la parte donde sorprende a los forajidos...
—… un cuatrero me descubrió y comenzó a perseguirme disparando su revólver. Las balas silbaban muy cerca felizmente tropecé y caí al fondo de un terraplén donde quedé inconsciente.
— ¡Qué tremendo susto! Opinó uno.
— ¿Te lastimaste?
— ¿Y qué pasó después?
—Bueno, en realidad, lo que pasó fue que: Desperté recostado en el asiento de mi auto y sólo se trató de una pesadilla.
— ¡Oh!, hubieras empezado por ahí.
—Nos hiciste asustar y preocupar.
En ese momento entra el dueño exclamando:
— ¡Se terminó la película! ¡A trabajar!
Salen todos a realizar sus tareas comentando y bromeando
sobre lo que acababan de escuchar.
La oficina queda vacía y sobre el escritorio del jefe hay un
ejemplar nuevo del diario La Voz en cuya tapa se destaca un gran titular:
CAYÓ LA BANDA DE LADRONES DE GANADO
Después de numerosos allanamientos la policía detuvo a los
delincuentes que operaban en la zona. Hay varios detenidos.
(La
nota completa en la contratapa).
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Carlos Alberto Nieva
Febrero de 2023
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